Intento en las presentes líneas, esbozar sobre el tan extenso y complejo tema de la globalización. Definitivamente habrá mucho más por desarrollar y replantear, pero debido a la estrechez de tiempo y espacio, me veré obligada a simplemente dar una pequeña generalización sobre este ineludible fenómeno.
La globalización, desde su surgimiento, ha sido analizada, estudiada e interpretada por diversas posturas. Evocaré a los escépticos, quienes afirman que el funcionamiento de la economía es la misma que la de hace unas cuántas décadas y que es, la globalización, sólo un término que ha venido cobrando y recobrando fuerza, sin embargo, se limita a ser sólo eso, un término, un concepto inerte: mera palabrería; y a los radicales, que afirman que la globalización es tan real como lo es la visibilidad de sus consecuencias por doquier.
Ambos bloques circunscriben este fenómeno a la economía, relegando a la política, cuando la globalización es, precisamente, precursora del viraje que ésta ha dado, en particular, del paulatino desvanecimiento del Estado y la no intromisión de éste en el mercado y, la dificultad, casi imposibilidad, de los líderes políticos de intervenir en los conflictos decisivos que les entrañen. Sería preciso citar al escritor japonés Kenichi Ohmae al calificar a los Estados como meras “ficciones”; la tecnología, mientras a finales de los ochentas, los medios de comunicación, en particular la televisión, han construido un oligopolio que imposibilita la competencia, generando estatismo, hegemonía y desigualdad, desmantelando las fronteras nacionales y recreando la tesis de que, “todos vivimos ahora en un mismo mundo”; y la cultura, no ha sido ésta exenta de la globalización, pues no sería descabellado afirmar que con la emancipación de las naciones y la libertad de expresión, se ha dado mayor apertura a las minorías y se ha creado y recreado la diversidad y pluralidad de ideologías, para ser más explícitos, los distintos arquetipos de familia que hoy día son aceptados por las mayorías, el movimiento gay, la igualdad de género, etcétera.
Es la globalización una paradoja. Homogeneiza si y solo sí heterogeneiza, impulsa la igualdad al mismo tiempo que a su contrario, fomenta empleos revocándolos, unifica y fragmenta: formando élites, aislando, dividiendo, acentuando además, el egoísmo, la violencia, el terrorismo, bandalismo, etc.
La vería destrozando culturas locales, ampliando las desigualdades mundiales y empeorando la suerte de los marginados. La globalización, razonan algunos, crea un mundo de ganadores y perdedores, unos pocos en el camino rápido hacia la prosperidad, la mayoría condenada a una vida de miseria y desesperación[1].
Es insoslayable referir que, la globalización, obedece al modo de vida de Estados Unidos. No sería entonces un error, hablar de una posible americanización del mundo y/o de México.
La americanización, para bien o para mal, es privativa de las familias de clase media-alta para arriba, pues los más pobres, que son la mayoría, se ven fincados a llevar un modo de vida estadounidense.
Pero, ¿A qué nos referimos cuando hablamos de una posible americanización?
El economista francés, Thierry Baudassé, en una de sus tésis que recopila Samuel Schmidt en México Visto Desde Lejos, hace alusión, justamente, a la americanización, con la diferencia que el indicador para éste, es el idioma y por tanto, estaríamos hablando de una mexicanización de Estados Unidos, pues definitivamente, la emigración en México ha venido en aumento a partir de 1994 y aquel vecino país, se puebla cada vez más de hispanohablantes, por tanto esa “americanización” resulta ser un mito y es ésta la distancia entre la representación fantasmática que uno tiene de un país y su realidad objetiva.
Hay una estrecha relación entre la mexicanización de Estados Unidos a la que refiere Thierry Baudassé con la Producción en Serie de Refugiados de Zygmunt Bauman, pues no habría tal fenómeno de no ser que la globalización, eroga de los países recién llegados a la modernidad, a su excedente poblacional, es decir, al “desperdicio”, hacia los Estados Unidos.
A decir verdad, la globalización forma parte crucial de las vidas humanas. Gracias a ella tenemos muchas más facilidades y oportunidades y sería hoy realmente minucioso, concebir un mundo fuera de ésta.
[…] concluye que el mundo era un lugar sin ley en el que los ricos y los pobres sabían que la razón es del más fuerte, que los grandes y los poderosos pueden eludir y prescindir del derecho internacional (o aquello que decidan denominar con ese nombre) cada vez que ese derecho se les antoja inconveniente, y que la riqueza y el poder no sólo determinan la economía sino también la moralidad y la política del espacio global y, por tanto, todo lo concerniente a las condiciones de vida en el planeta.[2]
Afortunadamente, esto es sólo un boceto y no tengo, quizás el atino o el error, de ser cautiva de los peores trastornos de la globalización, sin embargo, soy testigo de ellos: volteando a las más pobres comunidades de mi Estado, observando a la gente de mi Ciudad que sobrevive de la filantropía, concientizándome de la tremenda explotación por parte de las empresas transnacionales hacia los empleados y escuchando, muy de vez en cuando, esas noticias de África, que me dejan helada y sin palabras.
Con esto no cabe más que reiterar la importancia que tiene la globalización en las condiciones de vida y los estragos que causa en ésta, pues se ha consolidado ya y es hoy un giro propio en nuestras vidas. Es la manera en que vivimos ahora.
[1] GIDDENS, Anthony. “Un Mundo Desbocado”/ Pp. 28
[2] BAUMAN, Zygmunt. “Tiempos Líquidos”/Pp.54
La globalización, desde su surgimiento, ha sido analizada, estudiada e interpretada por diversas posturas. Evocaré a los escépticos, quienes afirman que el funcionamiento de la economía es la misma que la de hace unas cuántas décadas y que es, la globalización, sólo un término que ha venido cobrando y recobrando fuerza, sin embargo, se limita a ser sólo eso, un término, un concepto inerte: mera palabrería; y a los radicales, que afirman que la globalización es tan real como lo es la visibilidad de sus consecuencias por doquier.
Ambos bloques circunscriben este fenómeno a la economía, relegando a la política, cuando la globalización es, precisamente, precursora del viraje que ésta ha dado, en particular, del paulatino desvanecimiento del Estado y la no intromisión de éste en el mercado y, la dificultad, casi imposibilidad, de los líderes políticos de intervenir en los conflictos decisivos que les entrañen. Sería preciso citar al escritor japonés Kenichi Ohmae al calificar a los Estados como meras “ficciones”; la tecnología, mientras a finales de los ochentas, los medios de comunicación, en particular la televisión, han construido un oligopolio que imposibilita la competencia, generando estatismo, hegemonía y desigualdad, desmantelando las fronteras nacionales y recreando la tesis de que, “todos vivimos ahora en un mismo mundo”; y la cultura, no ha sido ésta exenta de la globalización, pues no sería descabellado afirmar que con la emancipación de las naciones y la libertad de expresión, se ha dado mayor apertura a las minorías y se ha creado y recreado la diversidad y pluralidad de ideologías, para ser más explícitos, los distintos arquetipos de familia que hoy día son aceptados por las mayorías, el movimiento gay, la igualdad de género, etcétera.
Es la globalización una paradoja. Homogeneiza si y solo sí heterogeneiza, impulsa la igualdad al mismo tiempo que a su contrario, fomenta empleos revocándolos, unifica y fragmenta: formando élites, aislando, dividiendo, acentuando además, el egoísmo, la violencia, el terrorismo, bandalismo, etc.
La vería destrozando culturas locales, ampliando las desigualdades mundiales y empeorando la suerte de los marginados. La globalización, razonan algunos, crea un mundo de ganadores y perdedores, unos pocos en el camino rápido hacia la prosperidad, la mayoría condenada a una vida de miseria y desesperación[1].
Es insoslayable referir que, la globalización, obedece al modo de vida de Estados Unidos. No sería entonces un error, hablar de una posible americanización del mundo y/o de México.
La americanización, para bien o para mal, es privativa de las familias de clase media-alta para arriba, pues los más pobres, que son la mayoría, se ven fincados a llevar un modo de vida estadounidense.
Pero, ¿A qué nos referimos cuando hablamos de una posible americanización?
El economista francés, Thierry Baudassé, en una de sus tésis que recopila Samuel Schmidt en México Visto Desde Lejos, hace alusión, justamente, a la americanización, con la diferencia que el indicador para éste, es el idioma y por tanto, estaríamos hablando de una mexicanización de Estados Unidos, pues definitivamente, la emigración en México ha venido en aumento a partir de 1994 y aquel vecino país, se puebla cada vez más de hispanohablantes, por tanto esa “americanización” resulta ser un mito y es ésta la distancia entre la representación fantasmática que uno tiene de un país y su realidad objetiva.
Hay una estrecha relación entre la mexicanización de Estados Unidos a la que refiere Thierry Baudassé con la Producción en Serie de Refugiados de Zygmunt Bauman, pues no habría tal fenómeno de no ser que la globalización, eroga de los países recién llegados a la modernidad, a su excedente poblacional, es decir, al “desperdicio”, hacia los Estados Unidos.
A decir verdad, la globalización forma parte crucial de las vidas humanas. Gracias a ella tenemos muchas más facilidades y oportunidades y sería hoy realmente minucioso, concebir un mundo fuera de ésta.
[…] concluye que el mundo era un lugar sin ley en el que los ricos y los pobres sabían que la razón es del más fuerte, que los grandes y los poderosos pueden eludir y prescindir del derecho internacional (o aquello que decidan denominar con ese nombre) cada vez que ese derecho se les antoja inconveniente, y que la riqueza y el poder no sólo determinan la economía sino también la moralidad y la política del espacio global y, por tanto, todo lo concerniente a las condiciones de vida en el planeta.[2]
Afortunadamente, esto es sólo un boceto y no tengo, quizás el atino o el error, de ser cautiva de los peores trastornos de la globalización, sin embargo, soy testigo de ellos: volteando a las más pobres comunidades de mi Estado, observando a la gente de mi Ciudad que sobrevive de la filantropía, concientizándome de la tremenda explotación por parte de las empresas transnacionales hacia los empleados y escuchando, muy de vez en cuando, esas noticias de África, que me dejan helada y sin palabras.
Con esto no cabe más que reiterar la importancia que tiene la globalización en las condiciones de vida y los estragos que causa en ésta, pues se ha consolidado ya y es hoy un giro propio en nuestras vidas. Es la manera en que vivimos ahora.
[1] GIDDENS, Anthony. “Un Mundo Desbocado”/ Pp. 28
[2] BAUMAN, Zygmunt. “Tiempos Líquidos”/Pp.54
Lidana Montoya Fernández
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