No encuentro las palabras adecuadas que describan el sentir mexicano, es más me atrevería a afirmar que no hay palabras pues no hay sentir, y este no sentir es producto de la crisis que con el paso del tiempo se ha vuelto inherente, ha perdido visibilidad y sobriedad.
De esta forma, no sería sorprendente para el País perder algo más, hoy, su identidad nacional y dentro de ésta sus instituciones. Sin embargo, a pesar de este estire y afloje que las caracteriza, teóricamente, no podemos negar que están hechas para el cuidado de la vida democrática de nuestro país y el fortalecimiento de sus procesos sociales.
Las instituciones, como se viene proponiendo desde el siglo XIX con el teórico francés Émile Durkheim, se entienden como un conjunto de órganos (o partes) interdependientes que forman una estructura social (o un todo). Cualquier alteración de sus elementos puede producir cambios significativos en los demás, teniendo como función la aportación de la parte al todo, siendo así la contribución de un subsistema a la realización del sistema.
Es importante recordar que en México, el surgimiento de las Instituciones se veía venir a partir de la Formación del Nuevo Estado Mexicano, sobre todo en los años que abarcaron “El Maximato”. Son Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Emilio Portes Gil, Pascual Orozco y Abelardo Rodríguez, los autores de México; un País de Instituciones y Leyes.
De antemano declaro mi voto de confianza en las instituciones mexicanas, sin embargo no dejo de reconocer que carecen de eficiencia y transparencia, teniendo, a mi parecer, como principal responsable, la burocracia. Entiéndase este concepto en un sentido coloquial, refiriéndome así a la ineficiencia, pereza y derroche de medios.
Del francés y del griego, Bureau (Escritorio) y Cratos (Poder), “Poder ejercido desde los escritorios”, fue el sociólogo Alemán Max Weber junto con su teoría de la burocracia quienes aportaron un gran avance en el estudio de la administración pública.
Habiendo definido el tema del cual me voy a ocupar no me queda más que hacer una crítica a esta forma tan usual que tenemos los mexicanos, me refiero al hecho de no hacer nada, válgase la redundancia. Este modelo poco a poco se vuelve un círculo implacable que desata de sí una enfermedad y la convierte poco a poco en epidemia, dañando y obstaculizando, hasta convertirse en última y primera instancia en corrupción.
Sin embargo, no sirve ni servirá de nada únicamente la crítica, esto es quejarse y despotricar, al contrario, se arraigaría más en su modelo de hacer política, de “servir”. Por ello pienso que como ciudadanos responsables y preocupados por el hoy y el mañana, debemos intentar buscar las alternativas que, si bien es cierto no van a eliminar del todo este problema si lo disminuirán. Sin duda alguna será un trabajo sumamente difícil, es más, podría pensarse que imposible, pero sé que no es así. Sé que como hombres tenemos la capacidad y el instinto de destruir y deformar pero también tenemos el raciocinio necesario para crear e imaginar.
Lidana Montoya Fernández
lidanamontoy@hotmail.com
De esta forma, no sería sorprendente para el País perder algo más, hoy, su identidad nacional y dentro de ésta sus instituciones. Sin embargo, a pesar de este estire y afloje que las caracteriza, teóricamente, no podemos negar que están hechas para el cuidado de la vida democrática de nuestro país y el fortalecimiento de sus procesos sociales.
Las instituciones, como se viene proponiendo desde el siglo XIX con el teórico francés Émile Durkheim, se entienden como un conjunto de órganos (o partes) interdependientes que forman una estructura social (o un todo). Cualquier alteración de sus elementos puede producir cambios significativos en los demás, teniendo como función la aportación de la parte al todo, siendo así la contribución de un subsistema a la realización del sistema.
Es importante recordar que en México, el surgimiento de las Instituciones se veía venir a partir de la Formación del Nuevo Estado Mexicano, sobre todo en los años que abarcaron “El Maximato”. Son Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Emilio Portes Gil, Pascual Orozco y Abelardo Rodríguez, los autores de México; un País de Instituciones y Leyes.
De antemano declaro mi voto de confianza en las instituciones mexicanas, sin embargo no dejo de reconocer que carecen de eficiencia y transparencia, teniendo, a mi parecer, como principal responsable, la burocracia. Entiéndase este concepto en un sentido coloquial, refiriéndome así a la ineficiencia, pereza y derroche de medios.
Del francés y del griego, Bureau (Escritorio) y Cratos (Poder), “Poder ejercido desde los escritorios”, fue el sociólogo Alemán Max Weber junto con su teoría de la burocracia quienes aportaron un gran avance en el estudio de la administración pública.
Habiendo definido el tema del cual me voy a ocupar no me queda más que hacer una crítica a esta forma tan usual que tenemos los mexicanos, me refiero al hecho de no hacer nada, válgase la redundancia. Este modelo poco a poco se vuelve un círculo implacable que desata de sí una enfermedad y la convierte poco a poco en epidemia, dañando y obstaculizando, hasta convertirse en última y primera instancia en corrupción.
Sin embargo, no sirve ni servirá de nada únicamente la crítica, esto es quejarse y despotricar, al contrario, se arraigaría más en su modelo de hacer política, de “servir”. Por ello pienso que como ciudadanos responsables y preocupados por el hoy y el mañana, debemos intentar buscar las alternativas que, si bien es cierto no van a eliminar del todo este problema si lo disminuirán. Sin duda alguna será un trabajo sumamente difícil, es más, podría pensarse que imposible, pero sé que no es así. Sé que como hombres tenemos la capacidad y el instinto de destruir y deformar pero también tenemos el raciocinio necesario para crear e imaginar.
Lidana Montoya Fernández